Levedad del cuerpo, exigencia del retiro… para ver
No forma parte del espíritu de la época reclamarse del apartamiento, del aislamiento. Al contrario, como ya he dicho en ocasión de la anterior exposición de Paula Noya, hoy debe ser dado a conocer todo, la visibilidad debe reinar hasta el punto de que ni siquiera un poco de nuestra mente quede sin desvelar, ni un trozo del alma sin mostrar, ni un pedazo de cuerpo sin exhibir. (Si insisto en esta cuestión, es porque subyace en la obra de Paula Noya, y aquí vuelve a “aparecer”). Sin embargo, esta exhibición tal vez lo único que demuestra es la impotencia de ver, de verdad ver: es decir, tener visiones en un retiro que el espíritu necesita para reconocerse, quizá para pacificarse en medio de esta dictadura de lo imparable; y esto sin excluir que en tal retiro exista un posible dolor, incluso un cierto tormento. Pero la pasión es así. Con todo, no parece hoy un desatino querer situarse al margen para reencontrarse con lo necesario, y lo necesario aquí quiere decir lo que uno es capaz de restituirse, y quién sabe si, en una situación extrema, lo que le salve.
Pero quedémonos, por el momento, en lo que un determinado aislamiento tiene como para dar a ver. Pues no es incierto que “abandonar” lo mundano y mantenerse en el espacio poético del taller, para un ser sensible que se toma del todo en serio su actividad creadora, conlleva, por un lado, una recuperación de poderes entre adormecidos y perdidos, y por otro, cuando estos han sido retomados, su ahondamiento. Pero esto no sólo se hace en el taller, bien es cierto, sino en cualquier lugar y situación, hasta en los más hostiles, y a diario. En tal caso, podemos decir que un aislamiento semejante equivale a una profunda interiorización que favorece, o eso pienso, el milagro de la visión.
De cualquier modo esto no es, ni por asomo, una ciencia exacta, dicho así para entendernos. Ni el aislamiento, ni la capacidad de creación, ni la voluntad de ver garantizan la visión. Sin duda que entran en juego factores que escapan a lo aprendido, a la erudición, y desde luego la pasión, la exacerbación, el arrebato tienen mucho que decir en este asunto. Y la obsesión, sí, la obsesión, la cual “debemos cuidar muy bien, pues es con mucho lo mejor de que disponemos”, escribe el cineasta checo Jan Svankmajer.
Si tenemos en cuenta seriamente estos factores, podemos imaginar que el creador, cualquiera de nosotros -definitivamente todos “artistas”- cayendo por la pendiente del abajo, entre en fase de ingravidez, esto es, que alcance un grado tal de desconexión que le acerque a una significativa alteración de los sentidos. Si esto sucediera en tales términos se podría hablar entonces, con propiedad, de tener una experiencia cercana a lo que se supone es la experiencia “mística”. Aun así, una mayor o menor alteración de los sentidos no debe hacer pensar que lo experimentado se acerque a lo místico, cuya extremidad se mantiene a distancia de lo anterior.
Por lo tanto, sería conveniente situarnos en esa alteración de los sentidos, próxima a una “realidad” que no lleve a lo ilusorio. Ahora bien, en términos de deseo, y analógicamente hablando, todo nos autoriza a establecer esas relaciones, pero insisto, sin confundir una cosa y otra. No es poco, por lo demás, que cualquiera que se entrega a una actividad creadora del tipo que nos convoca pueda decir que tiene esa experiencia alterada, esto es que ha conocido una determinada perturbación de su estructura psico-física lo suficientemente acusada como para poder poner en su boca la palabra alteridad. No es poco, insisto. Y aquí es donde pienso que se encuentra Paula Noya. En consecuencia, el trabajo que ahora nos regala se sitúa, a mi juicio, dentro de esas coordenadas. Porque, entre otras cosas, la propuesta de Paula es de tipo conceptual, correspondiéndose nítidamente con un conocimiento adquirido al que quiere dar unas formas y conferirle un imaginario que lo haga aprehensible, en lo cual -tal y como yo creo- reside su franqueza y honestidad.
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Dicho lo anterior, se hace tal vez más entendible la propuesta de Paula Noya, ya que parece querer establecer una correspondencia entre el retiro perenne de Teresa de Ávila y el retiro, menos perenne, del artista (hoy realmente excepcional). Una correspondencia que encontraría su mayor punto de conexión justamente en la visión que tal retiro pueda inducir. Y, como causa de tal visión, la metamorfosis -claramente de tipo interior- que se pueda experimentar. En el caso de Paula Noya, cuyo “aislamiento” conozco, la visión comienza por el encuentro de una figura cuya presencia se erige en el resorte conceptual de toda esta serie de collages: la silueta de una mujer. Pero antes de ser conceptual, esta figura ha tomado el lugar de imagen persistente a partir de la cual se va a desencadenar todo un proceso de metamorfosis del imaginario que la creadora misma va a suscitar, pero también del que late en su interior. Esta silueta, como podemos apreciar, es la de una mujer… que se halla siempre en estado de levitación. Para Paula, la levitación encarna aquí una especie de fuga del cuerpo del lastre terrestre que lo ancla a una vida diaria de pesadumbre, impropia, o como poco de afasia, alienada en último término. Ausentándose de esa materia opresiva, el cuerpo alcanza una liberación que entra en coalescencia con la mente. Una vez se da esta coalescencia, comienza el proceso metamórfico. Pues es inseparable la experiencia común del desprendimiento tenida tanto por el cuerpo como por la mente. De otro modo, nos mantendríamos en la sempiterna división en la que nos tiene aprisionados nuestra civilización judeo-cristiana y su agente capital. Es interesante tener en cuenta este hecho porque quizá nos susurre algo de suma importancia: la experiencia “artística” del retiro, del desprendimiento, y la experiencia del rapto de la mística coinciden en que, con sus diferentes credos, son una experiencia profana, es decir, de rebelión contra el dogma, sea laico en un caso (el del arte contemporáneo, lujoso administrativo del capitalismo), o religioso en el otro (siervo secular de la iglesia). Resultaría hoy de una ingenuidad difícilmente aceptable pensar que el mercado del arte no se ha erigido en una iglesia (o por lo menos en su sacristía) como ya lo es la católica, que busca sus mayores beneficios, para lo cual necesita tener sus propios santos fieles, obedientes, dispuesta a no permitir la impunidad de los heterodoxos… cuando estos no son una mera nomenclatura sino herejes y/o irredentos en acto.
Si uno toma como referente la figura de Teresa de Ávila, no puede dejar de tener en cuenta estas actitudes.
En cuanto a lo iconográfico se refiere, estimo que allí donde Paula Noya consigue una mayor correspondencia entre metamorfosis y liberación es en aquellos collages en los que el desafuero del alma (rapto, levitación) y transformación del cuerpo se encuentran, y cuyas representaciones mayores serían las de la atávica animalidad (que domina en este trabajo, no lo ignoremos) y la de la “dulce” “descorporización”. Pulpo, arterias, ramajes, peces, aquello que simbólicamente pertenece a lo de abajo y a lo de adentro arrastra sus poderes transformadores, pues es ahí, en lo más profundo de la psique, donde comienza todo verdadero proceso metamórfico, con su gloria y su tormento.
Eugenio Castro
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