Gallinita Ciega
La gallinita ciega no se había extinguido
Ojo enfermo por floraciones extrañas. Joyce Mansour
El exceso de visión produce ceguera. Es una de las consecuencias -y no precisamente poco grave- de la sociedad que nos ha tocado en vida, entregada puerilmente al imperativo visual. En ella, todo ha de hacerse visible, nada debe quedar sin ser expuesto. Es la tiranía de la transparencia. Y es fácil obedecerla, participar de ella y contribuir a su expansión. No es raro, al respecto, que constantemente estemos reclamándonos de mayor visibilidad en todo, sin excepción, como si la existencia no pudiera ser ya contemplada ni vivida de otro modo. Incluso llega a resultar una extravagancia decidir que uno no quiere mostrar lo que pertenece al ámbito del pudor. Porque una reclamación tal adquiere tintes de impudicia, es decir, es constituyente de una de las formas que alcanza la pornografía de la hipervisualidad: la exhibición en primer plano de la genitalidad afectiva. De verdad, ¿hemos perdido el gusto por el secreto, la capacidad de jugar con lo que no se quiere mostrar? ¿Nada hay ya que pueda quedar en el último pliegue de nuestra vergüenza?
Ya se ha dicho, es tal el cúmulo de estímulos visuales externos, es tal la fuerza colonizadora que desplazan que parece que la visión interior hubiera sido reducida a unas pocas compensaciones nimias.
Lo peor de todo es que el imperio de la visibilización señala una dependencia que crece proporcionalmente a medida que aquel se expande, una dependencia que llega a convertirse en costumbre, algo que podría conducir a una especie de incapacidad para tomar una iniciativa propia. Si una invasión tal se produce, instalando en el ser humano una pasividad esterilizadora, llegando incluso a disminuir sus defensas imaginativas, y cuya consecuencia seria escindirle un poco más al alienarle en la imagen externa, cómo no preguntarse con ansiedad sobre el modo de recuperar la propia visión: ¿Como volver a generar nuestros sueños, es decir, cómo volver a ver? Un gran amigo mío, que, para su dicha, tiene la enorme capacidad de recordar los sueños, no se contenta con ello y ha decidido experimentar algo tan sencillo como lo siguiente: taparse los ojos, cada noche, al irse a dormir, con un fular de dos tonos azules para potenciar la capacidad memorística del sueño en la vigilia. Y tiene su efecto: los recuerdos son nítidos, precisos e intensos. Después puede contarlos o no, pero no los exhibe. Traigo a colación este hecho porque se relaciona con la propuesta de Paula Noya, Cegueras, que consiste en hacer perder voluntariamente la vista a determinadas personas, cegándolas con un paño, con el fin de que inicien a partir de ese instante un “retorno” que les lleve a ver, pero a ver, efectivamente, con “los ojos anteriores a los ojos”.
Esta es, digámoslo así́, la apuesta conceptual, por lo que surge la cuestión de cuál es la práctica que conduce a la recuperación de una “mirada hacia dentro”, en palabras de la propia Paula Noya.
Irónicamente, esto no salta a la vista, precisamente porque forma parte del adentro, de lo que quiere permanecer “ciego”, y por tanto no condicionado a la exhibición, al menos durante su génesis. Y sin embargo es perfectamente visible, bellamente visible. No estoy hablando, en definitiva, de otra cosa que del dibujo, de un hacer que pertenece al orden del aislamiento voluntario, a la necesidad de la introspección, a una pérdida del sí sin la cual no podría tener lugar el propio re-conocimiento, que, para ser verdadero, se hace en la ocultación y se abandona a lo otro.
Nada es original en todo esto, ni se pretende. Pero sí contiene una nobleza de indagación de la que sale beneficiada la que, a mi juicio, debe ser atendida y alimentada delicada y firmemente: la actividad de espíritu, que tiene lugar en lo apartado. ¿Es esto poco en el escenario abrumador y obsceno de la impúdica visibilización total? Sí, pero es este poco lo que hace entrar en crisis ese imperio, desafiándolo con su potencia sorda y desatendida, y quizá́ en última instancia fugitiva, pues desobedece a sus prerrequisitos y se pone a la fuga en su secreto.
Paula Noya se ciega a sí misma. Sabe que su ojo también ha enfermado a causa de floraciones extrañas y necesita cuidarlo, de ahí́ que decida vendárselo a su manera, con objeto de recuperar la visión que le había sido hurtada. En efecto, ella se ciega entregándose ensimismada al tiempo lento de “la mano que piensa”, tentando como en el juego de la gallina ciega el vacío, que en el dibujo equivaldría, tal vez, a perfilar los contornos que le hagan notar de nuevo que vive en un mundo que se reconstruye a la medida de su imaginación. Al abrir los ojos, el vacío palpado, la línea trazado, lo que al final había tocado aparecerá́ transfigurado a su mirada con toda su materialidad, con toda la realidad de su deseo.
La sensualidad, cuando casi transciende la muerte y la brevedad.
El instante, en la búsqueda de la apariencia.
Una perfección ilustrada. Alardes de belleza en los márgenes del artificio.
Sólo es un intento.
El ineludible paso del tiempo rematará por desbaratar el maquillaje, cuando la carne se hace presente, desvaneciéndose ante el precipicio.
Omnia vanitas. Todo es en vano.
Omnia Vanitas de Paula Noya (Lugo, 1969) parte de una exultante celebración de la vida, de una alegoría a la belleza, para invitar a la muerte y al paso del tiempo a ser protagonistas. A través de dibujos, pinturas e instalaciones, en una exposición versátil y poliédrica, Noya recoge en este proyecto diferentes reflexiones acerca de la idea de la vacuidad, de la fragilidad de la vida y de la apariencia de las cosas, para tensar y cuestionar al público visitante, a través de emociones, pulsiones y lugares comunes. Sus obras trabajan múltiples planos de significado y diversos lenguajes, incorporando elementos simbólicos, referencias mitológicas y revisiones históricas, para hacernos sentir. Miedo, dolor, incomodidad, incertidumbre. Nunca es sencillo afrontar los miedos y hacerse preguntas. ¿Cómo de presente tenemos la muerte en nuestras vidas? ¿Determina ese inevitable paso del tiempo nuestra manera de afrontar nuestro día a día?
“Naturaleza muerta (en vida)” es la obra que preside y presenta esta exposición, conectando el interior de la galería Luisa Pita con la ciudad compostelana desde el escaparate: ese lugar óptimo para una “escenificación”, para el “artificio”; ese no- lugar” en el que “mostrar” o “dejar ver”. Recuperando su trabajo sobre las vanitas, tan presentes en sus comienzos como artista, Noya investiga ahora sobre algunas artistas del Barroco que fueron relegadas a la invisibilidad, en una historia contada dende la mirada patriarcal, para representarlas simbólicamente a través de las diferentes flores: Laura Berrasconi (rosa) y Margarita Caffi (lirio), en Italia; Clara Peeters (tulipán), Rachel Ruychs (margarita) y Maria van Oosterwyck (clavel), en los Países Bajos. Rememorando la tradición pictórica de los bodegones florales del siglo XVII, el marco dorado recoge una voluptuosa exaltación de la naturaleza, de la belleza etérea, del cénit de la vida. Aunque sólo en apariencia.
Eugenio Castro Madrid, 30 de septiembre de 2012
- PAULA NOYA segunda en el VI Premio de Artes Plásticas La Rural
- PAULA NOYA «TRAS LA CORTINA» publicado en La Empírica
- PAULA NOYA A LA GALERIA LUISA PITA publicado en bonart.cat
- ‘Omnia Vanitas’, exposición de Paula Noya en Infoenpunto
- Exposición de Paula Noya en La voz de Galicia
- Exposición colectiva: «Una puerta violeta» con Paula Noya en el Patrimonio Universidad de Granada
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